Quedamos en encontrarnos en un café y a eso iba.
Cuando baje del subte me dije a mi misma ¿para qué estas haciendo esto?, pero ya había viajado hasta ahí.
Entré al café y él ya estaba sentado. Me acerqué y nos saludamos con mucho cariño pero distantes, y eso era nuevo para ambos.
Me senté y lo mire fijo, él sonreía como siempre. Él nunca pierde la sonrisa lo odio a él y a mi por eso.
Llamó al mozo, me preguntó que quería tomar, le conteste y el mozo se fue con el pedido.
Él empezó a hablarme de trivialidades; de la economía, de los aviones, del clima...!dios, hablamos del clima!, yo le contestaba con monosílabos y no era apropósito, era que simplemente no podía hablar.
Llegó el mozo con los cafés y me preguntó solo dos cosas: ¿queres crema?¿cuánto de azúcar?, yo pensaba: ¡Hijo de puta! ¿solo eso tenes para preguntarme?¿cómo quiero mi café? ¡yo tengo miles de cosas para preguntarte!; ¿conseguiste lo que fuiste a buscar? ¿valío la pena?¿te casaste? ¿te cansaste de ella también? ¿tuvieron hijos? ¿por qué volviste? ¿para qué me escribiste? ¿por qué tardaste tanto? ¿me extrañaste? ¿te hice aunque sea un poquito de falta? ¿te vas a volver a ir?.
Él no me iba a preguntar nada porque conocía la primer regla: no preguntes lo que no queres saber.
Lo deje seguir hablando de cosas que no importaban. Tuvimos la charla que tienen dos personas que no se conocen, quizás nosotros ya no nos conocíamos.
Cuando agarró mi mano entendí que él también se sentía solo y viejo y que todo esto se trataba de eso; charlar con una cara conocida que te haga sentir en casa.
Esto no se trataba de viejos amores, o de recuperar el tiempo perdido, ni de pedir disculpas o echar culpas, esto se trataba de un hombre muy solo y grande que trataba de tapar el sol con una mujer que fue al café para hablar con ella misma y encontrar una respuesta que solo ella se podía proporcionar.
Una vez sabido esto me dispuse a seguirle el juego, a pasar un buen rato, a darle un poco de compañía sin remordimientos, entonces empecé a adentrarme en charlas sin rumbo, a reírme a carcajadas, a mantener arriba la mirada.
Al rato pedimos la cuenta y él se ofreció a llevarme a mi casa (con todo lo que eso representaba). Dudé una milésima de segundo, pero finalmente le dije que no. Agarré su mano, le di un beso en la mejilla y emprendí mi retorno.
Para cuando me subí al subte esa charla, el bar y él, ya habían quedado seis años atrás.
S.r.