martes, 28 de abril de 2015

Crónicas desde el Sin Retorno

Abrí los ojos en la camilla. Lo recuerdo como en las películas, un camino largo de techos descascarados y luces blancas de tubo.
Dormí durante no se cuantos días. No entiendo nada, lo único que sé es que el enfermero del turno noche definitivamente no es mi amigo.

 A la mañana alguien me saca al sol, como si yo fuera una sabana para secar, y me sientan en un banco por el cual no me tengo que pelear. Una tipa se me sienta al lado y, aunque ya esta grande,  juega con muñecas, yo  me miro y quiero jugar con las mías, pero no me dejan.

Hay otra cosa que si sé; las paredes son altas, muy altas.

Mamá me viene a visitar aveces, no me trae comida ni cigarros, en cambio, me trae penas, dolores que pican y molestan como la san puta!y ahora me duelen las uñas, me duelen los dedos, la cara, me duelen las puntas de los pelos.¡ me duele! me duele hasta el pinchazo y ahora ya no duele más. 
Ya me canse de hablar, acá nunca te escuchan y si pueden tampoco te miran. Y aunque les digo que prefiero no tener visitas, mamá sigue viniendo y con ella siempre es lo mismo. 

Estoy muy cansada.

Anoche volvió el enfermero, Me mostró una soga, me dijo que si me porto bien me la va a dar para que salga a dar un paseo saltando las paredes altas. Yo no le creo, ya se que miente. No me va a dejar salir. 
Pero la soga es de verdad y cuando se descuide me voy ir y él también.

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